Cada mayo, miles de peregrinos se concentran en el kilómetro 7 de la avenida Petrolera para vivir una de las celebraciones más simbólicas del valle alto cochabambino: la fiesta de Santa Vera Cruz Tatala. Allí, la fe se transforma en pedidos íntimos y colectivos, desde el anhelo de tener hijos hasta la esperanza de multiplicar cosechas y ganado.
El protagonista es el Cristo de Santa Vera Cruz, conocido como el “Tatala”. A sus pies, parejas depositan muñecos que representan el deseo de una “wawita”. Otros regresan al año siguiente para devolverlos, agradeciendo el milagro recibido. La escena, cargada de simbolismo, se convierte en un testimonio de fe y esperanza.
La fertilidad también se pide para la tierra y los animales. Una práctica llamativa consiste en llevar bosta de ganado al canchón del templo para luego esparcirla en los corrales, con la confianza de que la producción aumente.
El párroco Justino Mamani explica que la festividad refleja la identidad del valle alto, donde la devoción se expresa con coplas, ofrendas y lo mejor de la producción agrícola y ganadera. “Hay parejas que no pueden tener wawitas, vienen a pedir al Señor de Santa Vera Cruz”, señala.
La agenda festiva comenzó el 19 de abril con un trueque comunitario y se prolonga hasta el 17 de mayo con el intercambio de semillas. El momento central llegó el 2 de mayo, cuando la imagen del Cristo sale del templo hacia el canchón. Durante estas semanas, misas, peregrinaciones, bendiciones y festivales de coplas acompañan la celebración.
Más que una fiesta, Santa Vera Cruz Tatala es un encuentro de fe, cultura y sincretismo. La devoción católica se entrelaza con tradiciones andinas vinculadas a la Pachamama, dando vida a una manifestación única.
