Si alguna vez un genealogista llega al cielo y le preguntan cuál fue el caso más difícil de su vida, seguramente responderá sin dudar: los Martínez Paz y los Paz Martínez. Y si le preguntan por qué, probablemente suspire, pida un vaso de agua y responda que cuando creyó haber entendido quién era primo de quién, descubrió que también era tío, cuñado, sobrino o alguna combinación familiar que todavía no figura en ningún libro de genealogía.
La historia comienza con dos familias tradicionales de Tarija. Por un lado, los Paz, por el otro los Martínez. Lo que nadie imaginaba era que el destino estaba preparando una combinación tan perfecta que terminaría convirtiendo un simple árbol genealógico en una verdadera obra de ingeniería familiar. Todo empezó cuando don Carlos Paz Vásquez unió su vida a doña Aida Martínez Martínez. Una unión aparentemente normal, como tantas otras. Carlos aportó el apellido Paz, Aida aportó el apellido Martínez y de esa unión nacieron María Teresa y Luis Paz Martínez. Hasta ese momento todo era sencillo. Tan sencillo que cualquier funcionario del Registro Civil podía seguir la historia sin dificultad y cualquier maestro de escuela podía dibujar el árbol genealógico en una servilleta.
Sin embargo, la tranquilidad duró poco. Aida tenía un hermano llamado René Martínez Martínez y, como ocurre en las mejores historias familiares, terminó enamorándose de Rosa Paz Perou, hija de Carlos Paz Vásquez. Cuando René y Rosa decidieron casarse, nacieron los Martínez Paz. Fue exactamente en ese momento cuando la lógica comenzó a hacer las maletas y abandonó discretamente la conversación. Porque desde entonces los Paz Martínez y los Martínez Paz quedaron unidos para siempre en una relación tan compleja como fascinante.
Para entender el tamaño del enredo familiar imaginemos a Carlos, el menor de los hijos de René y Rosa, es decir, yo. Para mí, don Carlos Paz Vásquez era mi abuelo materno, algo perfectamente normal. Pero al mismo tiempo era el esposo de mi tía paterna Aida. Dicho de otra manera, mi abuelo materno estaba casado con la hermana de mi padre. Mi tía paterna era, a la vez, la esposa de mi abuelo. En términos familiares aquello era tan singular que ni siquiera sabía en qué casilla colocarlo cuando intentaba explicarlo a alguien.
La situación de mi madre, María Rosa Paz Perou, tampoco era precisamente sencilla. Ella era mi madre, por supuesto, pero además era media hermana de Luis y María Teresa. El detalle es que Luis y María Teresa eran hijos de Aida, la hermana de mi padre. Por lo tanto, para mí eran tíos por el lado materno, ya que eran hermanos de mi madre, pero al mismo tiempo eran hijos de mi tía paterna, convirtiéndose también en primos hermanos por el lado Martínez. En pocas palabras, yo tenía familiares que podían darme consejos como tíos y hacerme bromas como primos sin necesidad de cambiar de silla.
Mi padre René tampoco escapó a la complejidad. Luis y María Teresa eran hijos de su hermana Aida, por lo que naturalmente eran sus sobrinos. Sin embargo, también eran hermanos de su esposa Rosa, lo que los convertía simultáneamente en sus cuñados. No muchas personas pueden presumir de tener sobrinos que además son cuñados. Mi padre podía hacerlo con absoluta naturalidad y seguramente sin sospechar que algún día alguien intentaría escribir un libro sobre aquello.
Mi madre tampoco se quedaba atrás. Luis y María Teresa eran sus hermanos por parte de padre, pero al mismo tiempo eran sobrinos de su esposo. Es decir, mi madre compartía hermanos con una familia que ya estaba emparentada con ella antes incluso de que se casara. Una auténtica obra maestra de la genealogía tarijeña.
Y entonces llegó la siguiente generación, porque toda historia familiar que se respete necesita hijos y nietos para complicar aún más las cosas. Ana María tuvo a Jorge, Adolfo, Vito y Nicolás. María del Carmen tuvo a María Fernanda. María Esther a Esteban y Carla. Fátima a Sebastián, Matías y Adrián. René a Blanca María, Alejandra y María René. Susana a Daniela, Andrea, Fabiana, Diego y Susita. Ramiro a Adrianita, Valentina y Lucía. Álvaro a Mariana. Y yo tuve a Renata y Rebeca. Por su parte, Luis tuvo a Carlos Sebastián, Rodrigo y Diego, mientras que María Teresa tuvo a Carlos, Edgar y Paola.
Fue entonces cuando el árbol genealógico dejó oficialmente de parecer un árbol. Ya no tenía ramas. Tenía cruces, desvíos, retornos, puentes y probablemente alguna carretera internacional. Porque si Luis y María Teresa ya eran simultáneamente mis tíos y mis primos, entonces la pregunta inevitable era qué eran para mí sus hijos. Dependiendo de por dónde se siguiera la historia familiar podían ser hijos de mis tíos o hijos de mis primos. Cada vez que intentaba explicarlo terminaba dibujando flechas, tachando nombres y comenzando nuevamente desde cero. Después de varios intentos llegué a una conclusión muy práctica: eran familia, y con eso bastaba.
Las cosas se volvieron todavía más interesantes cuando aparecieron mis hijas, Renata y Rebeca. Explicar exactamente qué parentesco tienen con los hijos de Luis y María Teresa puede requerir varias hojas de papel, una calculadora y posiblemente la ayuda de un abogado especializado en genealogía. Por una línea familiar parecen primas. Por otra parecen sobrinas. Y por una tercera parecen ambas cosas al mismo tiempo. Lo único completamente seguro es que heredaron algo muy valioso: la capacidad de confundir a cualquier genealogista profesional.
La llegada de los nietos de Luis y María Teresa elevó el desafío a un nivel superior. Cuando alguien pregunta qué son esos nietos para mí o para mis hijas, la respuesta depende del camino que uno tome dentro del árbol familiar. Si se sigue una rama, parecen primos. Si se sigue otra, parecen sobrinos lejanos. Si se intentan seguir ambas al mismo tiempo, generalmente aparece un dolor de cabeza. Lo único indiscutible es que están unidos por la sangre, la historia y una red familiar tan extraordinaria que merece un capítulo aparte en cualquier libro de genealogía boliviana.
Con el paso de los años comprendí que los Martínez Paz y los Paz Martínez no tenemos simplemente un árbol genealógico. Tenemos una aventura familiar. Una historia donde los apellidos se cruzan, donde los parentescos se mezclan y donde las generaciones terminan encontrándose por más de un camino. Quizás por eso la mejor definición de nuestra familia no está en ningún documento, ni en ninguna partida de nacimiento, ni siquiera en el Registro Civil. La mejor definición es mucho más simple: somos una familia que desafió la lógica, confundió a la genealogía y construyó una historia tan singular que merece ser contada una y otra vez.
Porque hay familias grandes. Hay familias tradicionales. Y después estamos nosotros, los Martínez Paz y los Paz Martínez, los que todavía seguimos intentando descubrir quién es primo, quién es tío y quién, por alguna misteriosa razón, terminó siendo ambas cosas al mismo tiempo.

y aunque no lo crean todo es realidad
