La mesoeconomía: el camino que Tarija necesita recorrer junta (Edgar Rendón Ríos)

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La mesoeconomía: el camino que Tarija necesita recorrer junta

Bolivia atraviesa uno de los momentos políticos más complejos de su historia reciente. Los enfrentamientos por la disputa del poder sin ofrecer salidas reales, la debilidad institucional y un gobierno central que consume sus energías en sobrevivir políticamente en lugar de gobernar, configuran un escenario sin salida sencilla ni inmediata.

Es tentador quedarse mirando ese pantano. Pero caer en esa trampa sería un error que Tarija no puede permitirse. La situación política nacional es crítica, sí. Sin embargo, esa crisis no puede —ni debe— postergar nuestra decisión de repensar el presente y el futuro de nuestro departamento. Al contrario: los momentos de mayor turbulencia son los que abren ventanas para que los territorios con identidad propia den pasos que en tiempos de calma no se animan a dar.

La economía que se vive en el cuerpo

Los indicadores macroeconómicos están en estado crítico: reservas internacionales en mínimos históricos, escasez de divisas, deuda pública en escalada, etc. Pero si la macroeconomía está mal, la microeconomía —la del comerciante, el campesino, el pequeño empresario, la familia que llega justa a fin de mes— está posiblemente peor. ¿Habrá alguien que resuelva esto en el corto plazo? Seamos francos: es muy difícil. Los problemas estructurales de Bolivia no se deshacen con un decreto ni con un discurso.

Entonces, ¿qué hacemos mientras tanto? ¿Nos cruzamos de brazos y esperamos que alguien nos salve desde arriba? Yo creo que no. Y es aquí donde quiero hablar de algo que no ocupa el espacio que merece en el debate regional: la mesoeconomía.

Una palabra poco conocida con un significado enorme

La mesoeconomía es el espacio intermedio —entre la gran política económica y el bolsillo individual— donde se construyen las condiciones reales para que una sociedad progrese. Su premisa es profundamente humana: el desarrollo no lo hace nadie solo. Lo hacemos entre todos.

Implica que las instituciones públicas, las universidades, las empresas, los gremios, los trabajadores, los campesinos y la sociedad civil organizada no deben funcionar como islas dispersas, sino como actores que convergen hacia un propósito común. Que suman, que se complementan, que construyen juntos las condiciones para que cada sector desarrolle su potencial. Eso, para Tarija, no es un lujo. Es una necesidad urgente.

Tarija tiene todo para ser protagonista de su propio desarrollo

Lo digo sin romantizar: Tarija es un departamento privilegiado. No solo por sus recursos naturales, sino por su gente, su cultura productiva, su vocación agroindustrial, su potencial turístico y la diversidad de sus pisos ecológicos. Valles fértiles, ganadería con proyección, vitivinicultura con identidad propia, frontera con Argentina y Paraguay que son una ventana comercial, y un capital humano que, cuando encuentra oportunidades, las aprovecha.

¿Por qué entonces seguimos esperando que el desarrollo llegue de afuera? Parte de la respuesta es incómoda: porque históricamente hemos permitido que nuestra región sea administrada por círculos económicos y políticos que no tienen como prioridad el despegue de Tarija, sino la conservación de sus cuotas de poder. Grupos que viven de la dependencia del poder central y que, cada vez que alguien habla de autonomía real, encuentran la manera de neutralizarlo. Eso tiene que cambiar. No con resentimiento, sino con inteligencia y organización.

Un pueblo resiliente que no se dobla

El tarijeño no se rinde fácilmente. Ha sabido sobreponerse a la distancia geográfica, a la marginalidad política y a los vaivenes de un Estado central que muchas veces lo ha tratado como una fuente de recursos sin devolverle casi nada. Esa resiliencia no es resignación: es temple. Y es exactamente el capital social sobre el que puede construirse un proyecto mesoecónomico serio.

Pero la dignidad de un pueblo no puede quedarse en el orgullo. Debe traducirse en acción organizada, en instituciones fuertes, en actores que se sientan parte de un proyecto colectivo y que no esperen instrucciones de La Paz para comenzar a moverse.

Lo público y lo privado hacia un mismo norte

Tarija necesita un nuevo pacto. No un acuerdo en papel y olvidado al día siguiente, sino un entendimiento genuino entre sus fuerzas vivas. Que las universidades entiendan que su misión se prolonga más allá del aula y genera conocimiento útil para el desarrollo. Que los empresarios comprendan que su prosperidad está ligada a la de su entorno. Que los gremios y trabajadores sepan que sus derechos se defienden mejor en un tejido productivo sólido. Que los campesinos sean tratados como lo que son: el pilar alimentario y cultural de la región. Que los gobiernos locales y el gobierno departamental actúen no como patrones que distribuyen favores, sino como articuladores que generan condiciones.

Y que todos —todos— comprendan que si Tarija no crece unida, crecerá dividida entre los que siempre ganaron y los que siempre perdieron.

No es utopía. Es estrategia.

La mesoeconomía no es un sueño vago; es un enfoque que ha funcionado en regiones que decidieron apostar por su propia capacidad en lugar de esperar soluciones externas. El norte italiano, los Países Vascos, ciertos cantones suizos: todos tienen algo que enseñarnos sobre lo que ocurre cuando los actores de un territorio deciden trabajar mancomunadamente.

Tarija puede hacerlo. Tiene la escala adecuada, tiene actores institucionales con capacidad, tiene historia productiva y tiene, sobre todo, gente que todavía cree en su tierra. Lo que necesita es liderazgos honestos, comprometidos con los intereses regionales y valientes frente a quien pretenda seguir manejando nuestra región desde afuera o desde arriba.

La crisis nacional es real. Pero Tarija no puede darse el lujo de esperarla sentada. El momento de actuar, de pensar y de organizarse es hoy. Precisamente hoy, cuando más duele.

Edgar Rendón Ríos

Analista político, Docente universitario

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