Pueblo Enfermo… Terminal

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De nuevo, Alcides Arguedas no se equivocó. Solo que se quedó corto… Cuando escribió Pueblo Enfermo, seguramente jamás imaginó que Bolivia evolucionaría de la simple enfermedad social a una especie de pandemia colectiva donde la ignorancia ya no avergüenza, sino que gobierna; donde la brutalidad se volvió discurso político; donde la mediocridad se convirtió en liderazgo y donde el caos es administrado como si fuera política pública.

Hoy Bolivia no es solamente un pueblo enfermo. Es un paciente terminal conectado artificialmente a discursos vacíos, bloqueos criminales, dirigentes delirantes y gobernantes que creen que “dialogar” eternamente, mientras el país se incendia, es una muestra de inteligencia democrática… Y mientras tanto, la nación se desangra.

Porque hay que ser honestos… ¿Qué otro país normal del planeta puede soportar más de 90 puntos de bloqueo, miles de millones de dólares en pérdidas, 240 mil desempleados, saqueos, violencia, familias caminando horas por comida, gente muriendo por falta de paso y aun así escuchar a sus gobernantes repetir como loros amaestrados: “Seguiremos apostando al diálogo”

¿Qué diálogo? ¿El diálogo con quienes secuestran carreteras? ¿Con quienes le quitan comida a familias humildes? ¿Con quienes destruyen la economía de millones para defender los intereses políticos de un pequeño grupo de fanáticos que se creen dueños del país?

Porque esa es la verdad incómoda que nadie quiere decir de frente: No representan al pueblo. Representan a una mínima parte de una Bolivia atrapada en el resentimiento, la dependencia y la cultura del sometimiento político. Y lo más trágico es que el resto observa resignado. Como si fuera normal que un país entero sea rehén de cuarenta o cincuenta tipos con piedras, dinamita y odio acumulado. Como si fuera lógico que producir, trabajar, exportar, sembrar, invertir o simplemente querer vivir en paz se haya convertido en un acto casi revolucionario.

Mientras tanto, las noticias parecen escritas por un guionista alcohólico: “Aprehenden a 15 personas tras intento de bloqueo…” “Más de 2.000 millones de dólares en pérdidas…” “Familias denuncian que bloqueadores les quitan alimentos…” “240 mil desempleados…”
“Gobierno insiste en el diálogo…” Y aun así todavía aparecen iluminados diciendo que el problema es “la falta de empatía con los movimientos sociales”.

No señores. El problema es la cobardía institucional. La ausencia total de autoridad. La glorificación de la estupidez. La romantización del bloqueo. Y una generación política incapaz de entender que gobernar no es sentarse a negociar eternamente con quienes destruyen el país.
Porque cualquier persona con un mínimo de sentido común — y sobre todo con los huevos suficientes para pensar en el futuro de sus hijos — ya habría entendido que no se puede construir una nación premiando a quienes viven de destruirla.

Pero Bolivia decidió otro camino. El camino de la improvisación. Del populismo miserable. De la viveza criolla convertida en doctrina. Del dirigente ignorante elevado a filósofo revolucionario. Del mediocre convertido en referente moral. Del delincuente disfrazado de defensor del pueblo.

Y ahí estamos… Divididos entre una Bolivia que quiere tecnología, inversión, producción, salud, modernidad y oportunidades… Y otra que todavía cree que bloquear carreteras, cercar ciudades y destruir la economía es una forma legítima de lucha social.

Dos países conviviendo dentro de un mismo territorio. Uno mirando al futuro. Y el otro aferrado al atraso como si fuera identidad cultural.

Lo más doloroso no es la crisis. Lo más doloroso es la costumbre. La normalización del desastre. La resignación colectiva de aceptar que vivir mal ya forma parte de nuestra identidad nacional.

Por eso Arguedas tenía razón. Éramos un pueblo enfermo. Pero hoy somos algo peor: Un país que aprendió a convivir con su enfermedad… y hasta a defenderla.

Y quizás algún día, cuando ya no quede nada que bloquear, nada que saquear y nada que destruir, la historia escriba finalmente nuestro epitafio: “Aquí yace un país que lo tenía todo… pero prefirió enterrarse vivo por falta de valentía, preparación y sentido común.”

Por: Alberto De Oliva Maya

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